Monday, 10 May 2010

Semana Santa en Haiti, 2010

Es difícil describir el largo, la anchura y la profundidad de la tragedia en Haití.  Las palabras normales no bastan y las palabras precisas parecen exageradas.  Así que, favor de leer lo siguiente con un corazón abierto:

Jimani
El camino desde Santo Domingo es largo y exhausto, un viaje de seis horas y media, penetrando por la profunda pobreza del sur del país, para llegar a Jimani, en la frontera con Haití.
Era un domingo, así que había poca actividad, y cruzamos en menos de media hora, y seguimos hacia el oeste.

Destrucción
Caminando rumbo a Puerto Príncipe, la capital de Haití, empezamos a ver poblaciones de tiendas de campaña por todos los lados, en líneas y filas bien organizadas.   Pero mientras más avanzamos, más desaparecía el orden.  Entrando en la ciudad, parecía que cada tercera casa sencillamente había colapsado, con sus escombros saliendo hasta la acera.  Y las casas que quedaban de pie todavía, tenían tantas grietas y roturas que nadie se atrevía entrar.  La próxima réplica podría -por fin- tumbarlas, con alguien adentro.
En cada espacio vacío se descubrían aldeas de chabolas, pueblos completos de chozas.  Cada espacio, parque, facilidad de deportes, cada centímetro de tierra abierta, estaban cubiertas con miles, de miles, de miles de estructuras improvisadas, cubiertas con carpas, lonas, cortinas, sábanas y telas.  Y por más que avanzamos, más se empeoraba la pesadilla, con más, y más, y más tiendas de campaña, chozas y chabolas.

Las 4.53 pm, 12 de enero
La hora cuando murieron más de medio millón de personas en Puerto Príncipe.
Al empezar a limpiar la capilla encontramos este reloj, roto, en el suelo.
No tienen a donde a ir
Es difícil comunicar la sensación terrible -sentida en el fondo del estómago- a dar cuenta de que estos no son campamentos de verano, sino literalmente la única alternativa que queda para los que han perdido todo, y no tienen a donde a ir.  Al menos 600,000 de la población de Puerto Príncipe han marchado ya, al campo o a otras ciudades y pueblos.  Pero los que no pueden marchar, o que no tienen familia en otras partes, tienen que aceptar lo que sea, donde están.  Al menos 1, 700,000 personas están viviendo bajo lonas: hombres, mujeres, niños, viejos, adolescentes y bebés.  Algunos no tienen familia alguna.  La gran mayoría han perdido muchos parientes.  Hemos encontrado una sola persona que no ha perdido a nadie.
Es una pesadilla en vivo, habitada por 1, 700,000 personas seriamente traumatizadas.  Y cada cara esconde la cara sufriente de Jesús.  No se puede hacer más que amar -en las palabras de la Madre Teresa de Calcuta- “hasta que duela”.
Mientras tanto, en las aceras a lo largo de cada calle y avenida, se encuentran filas de ventorrillos, kioscos, mesas, telas en el suelo, uno tras otro, ofreciendo toda y cualquier cosa.  Todo el mundo quiere vender algo, y nadie tiene dinero para comprar.
Hay una constante neblina espesa y blanca en el aire, del concreto pulverizado.  Por todos los lados hay el olor de orines y -menos evidente- el olor de muerte de los miles de cuerpos sepultados bajo los escombros.
Jamás sabremos la cifra verdadera, pero es probable -según Mons. Kebreau (Presidente de la Conferencia Episcopal Haitiana)- que más de un medio millón de personas murieron a las 4:53 p.m., el 12 de enero de 2010.


El punto cero
El punto cero
Pasando por el centro de la ciudad, seguimos hacia un suburbio que se llama Carrefour, que es -sencillamente- un área de desastre aplanada.  Por todos los lados, tan lejos como se pueda ver, no hay nada excepto montes de escombros, con -de vez en cuando- la mitad de una pared, o el punto de un techo.  Nos recuerda las fotos de Hiroshima.  Y -otra vez- carpas, chabolas y chozas en cada espacio disponible.

Se encuentran grietas abiertas, inmensamente largas, 
corriendo muchas veces por el medio de la misma carretera, 
Y saliendo al campo hacia el sur de Puerto Príncipe, de repente y sin aviso, se encuentran grietas abiertas, inmensamente largas, corriendo muchas veces por el medio de la misma carretera, con una apertura de quizás veinte o treinta centímetros de ancho, pero con un lado unos veinte centímetros más alto que el otro. 
No habíamos creído las historias de la tierra tragando a la gente, pero ahora no estamos tan seguros.

El Palacio Presidencial
El Palacio Presidencial es el verdadero corazón de Puerto Príncipe.  Anteriormente, había sido el orgullo de la nación, una silla de gobierno imponente, digna y bien diseñada, asentada en medio de un terreno bien cuidado y, en frente, un bello parque de grama y árboles de sombra que se llama “Le Champs du Mars”.
Ya han desaparecido la grama y los árboles, cubiertos por un enorme campamento de sobre-vivientes.  Y el Palacio mismo, medio colapsado y totalmente inhabitable, está lentamente desmoronándose, asentándose más bajo dentro sus propios escombros con cada réplica; la cúpula central amenazando caerse por delante, y las dos cúpulas laterales inclinadas y listas para caer también.
Con la puesta del sol, un pelotón de policía, bien disciplinado, llevó a término la ceremonia de bajar la bandera nacional frente a todo lo que queda del orgullo haitiano: un símbolo lentamente desmoronándose, que no tiene remedio.

El Palacio Presidencial antes

El Palacio Presidencial después
HUEH
Estábamos viviendo en el recinto del HUEH, el Hospital General, un hospital universitario.  Nadie se atreve a vivir o trabajar dentro los edificios agrietados.  Sin embargo, todos los patios, jardines y callejones internos están llenos con tiendas de campañas, lo que los haitianos llaman “tents”.  En este momento, según la Administradora, hay unos 350 pacientes.
Cada “tent” de 20 camas es un “pabellón”.  Un “tent” para amputación de piernas, otro para brazos, etc.  La mayoría de los pacientes han recibido heridas físicas: cabezas, brazos, piernas y heridas internas también.  Hay 25 “tents” como esos para pacientes recuperándose.
Hay “tents” para embarazadas (por un callejón), para pediatría (más allá en el mismo callejón), por emergencias (frente al portal principal).  Más atrás hay un “tent” para cirugía, con seis mesas de operación, y un “tent” para recuperación.
Hay un “tent” para trabajos de laboratorio y otro para medicina profiláctica, (vacunaciones etc.) y otros dos “tents” para pacientes externos con HIV.
Hay una lona para los bomberos voluntarios quienes vinieron para bombear y purificar el agua.
La mayoría de los “tents” tienen sus paredes laterales abiertas para permitir el movimiento del aire y aliviar en algo el calor intenso de medio día.  Solamente los “tents” más especializados tienen aire acondicionado.  Algunos más tienen abanicos eléctricos.  (Un día llegamos a 43º C en nuestro propio “tent”).

Este era un edifico de tres pisos de la Universidad de Leogane - ¡imagínate!
Sonidos en la noche
El sonido se oye de lejos en un hospital de “tents”, especialmente por la noche: el llanto de soledad de un niño; el grito de dolor al sacar una muestra de sangre; la desesperación de una mujer en parto; la agonía mientras que una fisioterapista hace doblar una rodilla por vez primera, y -en la oscuridad de la aurora- el lamento triste y repetitivo de los sobrevivientes por los que no sobrevivieron.

Ayuda Internacional
Se siente humilde frente al tamaño y seriedad de la ayuda internacional que ha llegado, de ONGs y caridades de toda índole, algunos motivados por la fe, otros por la filantropía. 
Encontramos un grupo de New York que pertenecía a una secta Hindú que se llama Saibaba.  Cada semana estaban enviando cinco voluntarios para ayudar a unos Frailes Franciscanos.  Cada mañana los frailes celebraban Misa, y en seguida convirtieron su Capilla de St. Alexandre en una clínica, con hasta 500 pacientes por día, sentados en orden en los bancos, esperando a ser recibidos por los médicos a cada lado del altar.
Por supuesto encontramos algunos grupos que solamente se interesaban en propagar su punto de vista particular, pero la gran mayoría reconocieron un ser supremo (en algunos casos se le llamaron “Dios”) quien es amor, todo amor y solamente amor.
Encontramos a Ivy, una joven judía feliz de Los Ángeles, quien había venido con licencia indefinida, para ayudar a la Administración del hospital.  Sencillamente explicó que su mejor amiga era haitiana.
Encontramos a Josee, una joven farmacéutica de New York quien vino por iniciativa propia para ayudar a organizar el almacén de farmacéuticos.
Encontremos a Cándido de Guatemala, encabezando un equipo de bomberos voluntarios de Perú y Madrid.
Encontramos al Dr. Evan Lyon de Boston, trabajando con “Partners in Health”, para montar clínicas y hospitales pequeños.
Y no importa donde fuimos, al identificarnos como dominicanos, estábamos felicitados por ser los primeros y por hacer más.

Los “Tents”
Celebramos Misa cada mañana bajo dos enormes “tents” verdes del ejército americano.  Encontramos, en y alrededor de una cancha, una aldea de “tents” de un azul bonito, donado por “La República del Pueblo de China”.  Rezamos el rosario en el Champs du Mars bajo una carpa “US Aid – una donación del Pueblo Americano”.  Los pabellones de los niños en el hospital estaban “Donados por Suiza”, y los niños mismos dormían en literas del “Ministerio dell’interno, Socorro Pubblico” de Italia.  Mientras tanto, los pabellones de ginecología eran “tents” de la “Fundación Budista de Taiwán”.  Y, por fin, el Padre Jaime durmió en un “tent” del “Crescente Rojo de Libya”.

Acomodación de lujo
Nosotros mismos tuvimos nuestro propio “tent” (hecho en Chile), con 1.3 metros de altura y espacio para dos colchones en el suelo.  Estaba colocado en el patio lateral de lo que queda de la Capilla de La Inmaculada Concepción, al lado del “tent” de la Administradora del hospital.  (Ella -como tantos más- había perdido su propia casa).  Al otro lado del patio se había construido el laboratorio del hospital.  El edificio vacío estaba intacto todavía, pero con grietas largas no solamente en sus paredes, sino dividiendo una columna principal también.  Su derrumbe era solamente una cuestión de tiempo.
Cada vez que aparecía un edificio que lucía intacto, nos encontramos buscando dónde estaban escondidas sus grietas.

¡A jugar!
El Padre Jaime y Nidia contagiados por el entusiasmo de los muchachos.  
¡Qué gozada!  ¿Notaste que al chico de la izquierda se le ha amputado el pie?
Champs du Mars
Cada atardecer acompañábamos al Padre Jaime a visitar la ciudad de “tents” frente al Palacio Presidencial.  Un laberinto de callejones torcidos, penetrando el ruidoso hormiguero con su repugnante olor, entre estructuras e inventos techados de todas las formas y colores imaginables.
La gente estaba contenta de vernos, y cada noche un grupo (principalmente de mujeres y niños) rápidamente se reunían para cantar unas canciones y rezar el rosario (en nuestro Creole muy especial).  Nos aceptaron, pero uno se siente que muchos estaban llegando al límite, y que -pronto- los patrones de vida civilizada desaparecerían como tantas otras cosas de su vida anterior.
Cercana había una fuente de agua – la única agua disponible.  En la media-luz del crepúsculo, la gente, hombres, mujeres y niños, se enjabonaban y se lavaban.  En tales circunstancias la modestia es un lujo.

La Cara de Haití
Juliana tiene casi tres años. Está interna en un hospital que casi no funciona.  
Está seriamente traumatizada.  Tiene heridas en la cabeza, cuerpo y ambas piernas.  
No tiene ni padre ni madre.  Su futuro es incierto.
Permite a los niños venir a Mí
Los pabellones de pediatría no estaban muy lejos, y pronto -a pesar de la barrera del idioma- hicimos amigos con los niños.  Es curioso cómo una cara cómica y un gesto de payaso hacen sonreír a cualquier persona.
Todos los niños -entre dos y catorce años de edad- estaban recuperándose de heridas serias, y a muchos les faltaba un dedo, un brazo o una pierna.  Los tornillos grotescos que se usan para estabilizar huesos rotos son aún más terribles, saliendo de los miembros de un niño.  La mayoría tuvo contusiones en la cabeza y heridas internas también.
De vez en cuando se encuentra una camita ya vacía.  No se atreve a preguntar: ¿qué pasó?  Puede que el niño ya se había ido a casa.  Pero, puede que también se había ido a la morgue.
No podíamos permitirnos llorar.  Tenemos que trasmitir esperanza, esperanza contra toda esperanza, la promesa de esperanza, la expectación de esperanza, el sueño de esperanza.  Y aún más allá de lo que parece una meta imposible, nos espera la fe y el amor.  Al fin y al cabo, quedan solamente tres cosas: fe, esperanza y amor, y la más grande de ellas es el amor.

La Misa de cada día
En tiempos inciertos la gente busca la seguridad del conocido.  Así que, cada mañana celebramos una Misa con todos los detalles hechos justamente “así”.  Por ejemplo, no una, sino tres manteles en el altar.  Y el Padre Jaime vestido con todos, pero todos los ornamentos.  Y oramos y rezamos todas y cada oración.  Y parece que la gente se sintió más tranquila por participar en la misma liturgia de cuando la vida era “normal”, aunque estábamos celebrando en un “tent” en el patio frontal de lo que quedó de la capilla.

Jueves Santo
El Jueves Santo tuvo un sentido muy especial para nosotros.  Pudimos usar la capilla del hospital por la primera vez desde el terremoto.  La parte dañada se había cerrado atrás de una pared de plywood, y el interior estaba pintado de nuevo en blanco y azul.
Sin embargo, aunque habíamos hecho correr la voz, menos de 20 personas llegaron.  Así que, como en la parábola de Lucas 14, 21, salimos a los callejones, a los pabellones de los niños, para traer una docena de cojos y mutilados.  Los niños estaban encantados con la expedición, y compitieron el uno con el otro para demostrarnos su recién aprendida técnica de andar con muletas.
Entonces ocurrió el momento más fuerte de todo: sin pensar, dije al Padre Jaime: “En la ceremonia de lavar los pies, recuerde pedirles a los niños quitarse el zapato derecho.  Es que algunos no tienen la pierna izquierda…”
Nos miramos el uno al otro -¡se las habían amputado!- y rápidamente escondimos nuestras emociones.

La ceremonia de lavar los pies

Domingo de Gloria
Tal cual como nuestro Jueves Santo se había llenado de tristeza, el Domingo de Gloria nos encontró con una capilla llena y un coro alegre.  Veinte seis de nuestros hermanitos de los pabellones nos acompañaron, colocando sus muletas bajo los bancos, y sentados en las primeras tres filas, para prestar atención a cada acto: la entrada triunfal del Cirio Pascual (encendida por una de ellas); las canciones a cuatro voces, acompañados solamente por un tambor; la breve prédica en Creole de Hno. Miguel Martel; el solemne misterio de la Eucaristía y, después, la sorpresa de un bizcocho y refrescos para celebrar el aniversario del coro.  Al fin de una semana de pruebas y dificultades, el Domingo de Gloria nos ofreció un futuro de comunidad y esperanza. 
Gracias, Señor Jesús, por permitirnos acompañarte en esta Semana Mayor.

La tragedia que viene
La palabra “tragedia” sugiere un desastre inminente al que nos sentimos impotentes de evitar.  Es la única forma de describir el futuro terrible que espera a los haitianos.  No existe -en ningún lugar del mundo- una organización capaz de alimentar 3,000,000 personas cada día durante todo el futuro previsible.
Por un lado, hay miles de voluntarios bien intencionados trabajando en todo lo posible para ayudar.  Por el otro lado, hay errores, faltas de planificación, y -de vez en cuando- una falta de honestidad (que recibe demasiada publicidad, a detrimento del esfuerzo principal).
En el medio hay -literalmente- millones de personas que no tienen absolutamente nada y no tienen a dónde a ir.
Pronto vamos a ver gente muriendo de hambre.  Parece inevitable, y no hay nada que podemos hacer.
Y con el mes de mayo vendrán las lluvias.  Hay que recordar que todo el mundo está viviendo hacinado bajo carpas y lonas, con una falta absoluta de salubridad y privacidad.  Inevitablemente vendrán enfermedades contagiosas y en sus huellas, más muertos.
Con hambre y enfermedad amenazando a la población entera, y relativamente tan poca ayuda frente a un reto tan grande, vamos a ver un descontento creciente.
Una tragedia está esperando para ocurrir.

¡Yo estaré con ustedes para siempre!
El Jueves Santo fuimos a la Catedral de Puerto Príncipe para la Misa Crismal.
No queda de la Catedral más que unas paredes y esta imagen tan significativa.
La Misa se celebró bajo unas caros en el patio.
La tragedia final
La columna dorsal de cualquier sociedad es su clase media: los dueños de tiendas, colmados, cafeterías, talleres y pequeños negocios.  Esta gente ha visto destruida -en un minuto y medio- una vida entera de planificación, largas horas y sacrificios personales.  Se han vuelto tan pobres como el pordiosero de la acera.
La tragedia final es que Haití solamente puede reconstruirse si la clase media está motivada a arrancar y empezar de nuevo.  Y la triste verdad es que la mayoría de ellos prefiriere emigrar si es posible.
Si Haití pierde su clase media, el efecto de largo plazo será aún más desastroso que el mismo terremoto.

Conclusión
¿Cómo se consuela a un muchacho de 14 años, todavía hospitalizado con serias heridas en su pierna, que ha perdido su familia entera?
Las circunstancias en Haití son tan sobrecogedoras, que son difíciles de comprender.  Sin embargo hay tres opciones:
1.      Cerrar los ojos bien firmes, y esperar que desaparezca.
2.      Juzgar y criticar.
3.      Seguir a Sta. Teresa de Lisieux, y hacer pocas cosas, pero hacerlas bien.
No podemos resolver la problemática de Haití.  Será una realidad cercana por el resto de nuestras vidas.  

 
 


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