Thursday, 31 October 1996

El Muro de las Lamentaciones


El Muro de las lamentaciones.  
En primer plano: los turistas y curiosos.
Tras la barrera: la zona para los que quieren orar.
A la derecha, la elevada para llegar al complejo religioso de lmezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de la Roca.
El sábado 7 de septiembre, 1996  llegué al muro de las lamentaciones - enorme, sólido, alto, con el peso de los siglos en sus grietas y las superficies arrugadas de sus piedras.  Los judíos con telamín en sus frentes y cuernos de ovejas en sus manos, libros y cantos, gritos y las inclinaciones rápidas típicas.  Los turistas con cámaras, gorras, acentos y curiosidad.


Sin más, dejé el grupo y, pasando la barrera, me acerqué a la muralla como un pescador que vuelve a casa.  En seguida las dos manos planas en la pared, y la frente descansando en el frío de la piedra.
Todos mis estudios, mi preparación, mi anticipación quedaron como poca cosa.
Sentí el enorme peso de la presencia de YAHVÉ, el Dios de Israel: “Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”.  El peso de siglos de oración, de intercesión, de confiar solo en Él.


Sentí también la pesada acumulación de pecados a través de los siglos: el destierro, la diáspora, la expulsión, el holocausto; y a través del mundo: la “opción” por el aborto, la influencia de la pornografía, los multinacionales de la droga.
Luego sentí el peso de mis propios pecados, traiciones, incumplimientos y omisiones...  y de repente las lágrimas corrieron por mis mejillas, y me encontré llorando con el mismo Cristo por el pecado del mundo, e intercediendo en lenguas.


Más tarde, sentado en una silla a unos quince pies del muro, traté de rezar un "Padre Nuestro" y me encontré rezando un “Ave María”.  Nuevamente, y nuevamente salió un “Ave María”.  Una y otra vez un “Ave María”.
Así que recé un rosario completo, dándome cuenta a la vez de que a pesar de que toda la peregrinación ha sido Cristo-céntrica, María siempre habla estado allí, cerca, tranquila, amando, contenta.
Gracias María.
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Semanas más tarde, al meditar sobre esta experiencia, me encontré pensando en el amor y la misericordia de María.
Pero, a la vez, me di cuenta de que, detrás de ella estaba el amor y la misericordia de su hijo, Jesús.
Y, más allá todavía, el amor y la misericordia de Dios Padre.
Entonces empecé a contemplar, como si fuese por primera vez, el enorme alcance del amor de Dios Padre, que haría -y efectivamente hizo-, todo lo posible para no perder a ninguno de nosotros.
¿Quién es este Dios desconocido que dibujamos como una nube con limites poco definidos?  ¿Cómo es este fuego en su corazón que quema con tanta intensidad, especialmente cuando los más lejanos se sienten fríos?  ¿Cómo puede uno amar tanto a tanta gente?
Y no entiendo.
Sin embargo doy gracias desde mi incomprensión, porque sé que, a pesar de todo, ha fijado sus ojos, llenos de amor y de misericordia, sobre mí.
¿Qué más puedo hacer?  Sé quien soy.  Sé que no merezco su atención.  Sin embargo, me ha demostrado una y otra vez que me ama y me perdona, y que quiere que yo esté con Él.
Ni sé qué preguntar, ni entiendo las respuestas.
Me basta con aceptar su amor y, bañado en su misericordia, dedicarme a servirle todos los días de mi vida.

Unos papelitos en una de las grietas del Muro de las Lamentaciones
En una de las grietas, según la costumbre judía, metí unos papelitos con algunos nombres escritos: La Comunidad Siervos de Cristo Vivo, Enzo (el promotor de la peregrinación), nuestras familias .. .
... para que Dios, en su propio tiempo pueda leerlos y cubrirlos con su misericordia.

Quiere Dios que el Muro de las Lamentaciones nos traiga la paz, amén.



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